CASA TOMADA
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Fue ese sábado a las ocho de la noche. Yo había ido temprano al centro a comprarle lana a mi hermana, Irene; ella tenía fe en mi gusto. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta a por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Pero ese sábado mi mayor tristeza no fue no haber conseguido mis libros preferidos, sino algo más. Y ese algo lo encontré en el momento en el que entré a mi casa. Ésta era antigua , guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos y principalmente era espaciosa, pues podían vivir ocho personas sin estorbarse.
Por algún motivo, ese sábado entré por la parte mas retirada de la casa, la que mira hacia Rodríguez Peña. Este sector estaba formado por el comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes. Consulté mi reloj pulsera, eran las ocho de la noche, y abrí la puerta.
Irene se encontraba en el comedor, acomodando unas sillas que habían quedado desordenadas de la limpieza matutina. Me dirigí hacia ella para mostrarle las madejas que había conseguido y nuevamente me felicitó por mi buen gusto. No había terminado de decir palabra cuando de repente se oyó un portazo. Seguramente la puerta de roble que separaba la parte delantera de la trasera de la casa se había cerrado por el accionar del viento. Pero no fue así. Inútilmente intenté abrirla, ya que la habían trabado con cerrojo y por desgracia la llave no estaba puesta de nuestro lado.
Volví al comedor y le dije a Irene:
- La puerta del pasillo fue cerrada con llave y cerrojo. Han tomado la parte delantera.
Dejó caer las madejas que esa tarde le había comprado y me miró con sus graves ojos cansados.
- ¿Estás seguro?
Asentí
- Entonces- dijo recogiendo las madejas- tendremos que vivir en este lado.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que añorábamos. La colección de estampillas de papá, por ejemplo. Irene pensó en sus tejidos, que guardaba en el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor. Pero principalmente, porque ya no podríamos hacer uso de la cocina, el baño, el living y nuestras habitaciones.
Luego nos acostumbramos a vivir en este lado: con ahorros que tenía guardados en la biblioteca comprábamos comida ya preparada, la limpieza se simplificó bastante, Irene tejía gran parte del día con unas agujas nuevas que le compré y yo releía mis libros de literatura francesa.
De noche, cuando todo estaba en silencio, nos oíamos respirar, toser, presentíamos ademanes e insomnios. De día, eran nuestras charlas en voz muy alta o las canciones de cuna que Irene cantaba, que parecián hacer un muy fuerte eco en la parte delantera de la casa.
Yo ya me había resignado a que la puerta de roble era infranqueable, pero una noche, a las once, antes de acostarnos, decidí hacer un último intento sin saber con qué me encontraría si esta se abriese. Por sorpresa pude hacerlo sin mayores problemas. Mi explicación mas racional fue que la cerradura y el cerrojo estaban oxidados, dañados por el paso del tiempo.
Avancé sin pensarlo hacia la cocina, había platos, vasos y cubiertos sucios. Irene estaba a mi lado mirándome estupefacta. En ese momento escuchamos pasos en el zaguán y el peculiar ruido del abrir y cerrar de la puerta cancel.
Nos dirigimos inmediatamente a nuestras habitaciones para corroborar si algo faltaba. Nada, todo estaba allí. Los quince mil pesos que estaban en mi armario no habían sido tocados. Extrañamente el álbum filatélico de papá estaba a mano como si alguien lo hubiese estado mirando, y los tejidos de Irene habían sido terminados y uno de ellos se encontraba en el piso del zaguán.
Nunca supimos que pasó allí, ni queremos saberlo. Pero nuestros vecinos aseguran habernos visto salir de la casa y tirar la llave en la alcantarilla, ese mismo día a las once de la noche.
Milena Forni
NOTA: Se recomienda leer "Casa Tomada" de Julio Cortázar.
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