viernes, 10 de julio de 2015

Cuentos fantásticos: Hada de los dientes.

Acababa de mudarme junto a mi padre. La casa era demasiado grande, tanto como para que dos personas pudieran estar todo el día ahí sin siquiera cruzarse. Tenía grandes escalinatas de mármol blanco, espaciosas habitaciones y numerosos auto-retratos, nunca pude mirarlos por más de cinco segundos sin que se me erice la piel. Solo uno pudo atrapar mi atención, me daba la sensación de que algo escondía. 
En ese entonces yo tenía seis años y como todo niño siempre fui muy curioso, creo que si le hubiera hecho caso a mi padre no estaría contando lo que ocurrió esa tarde. 
Como él nunca me permitía tocar los cuadros aproveche su ausencia para descubrir qué era lo que tanto me llamaba la atención de esa pintura. Comencé a observarla detenidamente y descubrí que en realidad era una puerta que llevaba al sótano. Fui a la biblioteca y busque el manojo de llaves que guardaban en uno de los cajones del escritorio, aparté de todas ellas la más pequeña que para mi suerte, o tal vez no, era la que abría la puerta. Creo que hice lo que toda persona hubiese hecho en mi lugar, bajé las escaleras, obviamente alumbrando con una linterna porque no había luz, y observé detenidamente el lugar. Parecía el despacho de el antiguo propietario de la casa, había pinturas, libros escritos a mano, bocetos y algo que me llamó poderosamente la atención, frente a la chimenea colocado como si fuese comida para una mascota se encontraba un pequeño plato con lo que yo creía eran dientes humanos. 
Sentí como un escalofrío recorría mi espalda y de repente una voz empezó a escucharse, provenía de la chimenea que estaba bloqueada con una rejilla que estaba atornillada a la misma. Me quedé atónita escuchando como esas pequeñas cosas se movían y pronunciaban mi nombre en su interior, no pude moverme, estaba petrificada, hasta que una pequeña rata corrió y con su cola tiró uno de los pinceles que se encontraba sobre la mesa, ese sonido fue el que me liberó para salir corriendo y chocarme con mi padre, quien ya había llegado y estaba buscándome para presentarme a Luci, su nueva pareja. Se imaginarán que con 6 años mi reacción no fue la mejor, obviamente estoy arrepentida, la extraño muchísimo.
Después de escuchar su sermón de dos horas sobre que tan mal estuve en bajar a un sótano oscuro sin campañía de un adulto, bajamos los tres a observar el lugar. Luci conocía mucho sobre arte, nos contó lo valiosas que eran esas pinturas y que tan importante fue ese hombre, el que los pintó.  Lupin era su nombre. Tuvieron la misma reacción que yo al ver el plato con los dientes, luego ella nos explicó que el hombre se había vuelto loco después de que desapareció su hijo pero obviamente eso no nos tranquilizó. Tiraron todo y subimos a cenar, no quería estar con ellos en ese momento, había metido en la casa a una mujer completamente extraña para mi sin siquiera consultármelo, comí rápido y me fuí a mi habitación, necesitaba estar solo y pensar. Creo que es necesario recalcar el miedo que me provocaba caminar sola por esos pasillos , ni hablar de dormir sola en una pieza del tamaño de mi anterior departamento.
Seguía escuchando la voz que provenía del sótano, viajaba por los ductos de ventilación. Me estaba volviendo loca, esas "cosas" sabían mi nombre, no dejaban de llamarme para que los libere, querían jugar. No pude aguantar mucho, esperé a que todos se vayan a dormir y bajé al sótano, con un destornillados intenté sacar la rejilla que estaba muy ajustada, no se de donde saqué la fuerza.
En cuanto la corri saltaron sobre mí, eran miles, tenían el tamaño del puño de una persona adulta promedio, grité y grité tan fuerte como pude, creo que si hubiese tenido vecinos los habría despertado. En solo cuestiones de segundos Luci y mi padre estaban ahí, intentando sacarme esas horribles criaturas de encima. Sus pequeñas garras me lastimaban, se movían tan rápido que era casi imposible verlas, a menos que las alumbres con una linterna, odian la luz.
Luci los alumbraba mientras mi padre intentaba ayudarme, yo inútilmente buscaba moverme para tratar de zafar, nunca imaginamos que al soltarme irían detrás de ella, lograron que caiga y la arrastraron hacia la chimenea, era tan delgada que entró fácilmente. Resistió cuanto pudo, pero esa fue la última vez que la vimos. Se la llevaron y no volvimos a saber de ella. Cada año volvemos a la casa, la cual se mantiene cerrada por obvias cuestiones de seguridad, nunca pude agradecerle por haber dado su vida para salvarme, no me conocía y yo a ella tampoco, pero dicen que no hace falta conocer mucho a alguien para que llegue a agradarte. 



                                                                                                   Ariadna Arraya y Estefania Galetto.

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