viernes, 10 de julio de 2015

Cuentos Góticos: Maldición en su mirada

MALDICIÓN EN SU MIRADA
Sinceramente nunca me gustaron los gatos. Por su maullar en las noches silenciosas, por su pavoroso ronroneo y esos ojos que perturban con sólo mirarlos. Este sentimiento aumentó aún más el día en que a mi mejor amiga, Tamara, le regalaron un “hermoso” gatito negro con llamativos ojos verdes.
Por mera casualidad, o no, Tamara era una chica de ojos color verde esmeralda y de cabello negro, tan negro como la noche, tan negro como el pelaje de su gato.
Con el correr de los meses el “amor” de mi amiga por ese maldito animal fue creciendo cada vez más, hasta llegar al punto de ignorar todo lo que sucedía a su alrededor y de dejar de hacer las cosas con las que solíamos divertirnos.
Hasta que una tarde la vi, y me di cuenta de lo que estaba sucediendo. Lo que había entre ellos no era amor, sino obsesión. Ella se sentaba sola en su habitación con el gato en su regazo, acariciándolo, ajena a su entorno, parecía hipnotizada por su presencia.
Por suerte, todo fue cambiando a medida que nos acercábamos a nuestro baile de graduación. Teníamos mucho en que pensar, y entre los preparativos, el vestuario, el maquillaje y el peinado, ya que queríamos vernos bonitas, Tamara fue olvidándose poco a poco de su gato, que parecía furioso y celoso de nuestra amistad, tanto, que dejó de perseguirla y su mirada se tornó fría y perversa.
Cuando por fin llegó la gran noche, todo lucía como lo habíamos soñado. Pero en un momento al final de la fiesta, me percato de que Tamara ya no se encontraba en el salón, por lo que comencé a buscarla desesperadamente por doquier. Después de mucha búsqueda, extrañamente la encontré en un callejón mirando, petrificada, unos botes de basura entre los cuales se podían divisar dos destellos intermitentemente verdes. Le pedí que por favor volviera a la fiesta ya que ese lugar era muy peligroso en esas horas de la noche, pero ella seguía allí, inmóvil, fuera de sí,  gritándome que me fuera. Luego de tanto insistir accedí a sus pedidos, dejándola sola, con sus ojos fijos en los puntos verdes.
A la mañana siguiente llamé a su casa para preguntar cómo había llegado, pero la madre desesperada me respondió que ella no volvió, que pensó que se había quedado conmigo. En consecuencia, hicimos la denuncia en la policía, pero Tamara no apareció nunca más.
Pasaron muchos años de lo sucedido, y aún hoy cuando me voy a dormir, veo en mi ventana un gato negro que me observa, con ojos color verde esmeralda y con pelaje negro, tan negro como la noche, tan negro… como el cabello de Tamara.
FIN
Milena Forni, Julieta Strada

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