LA PECERA
Esta historia se sitúa en Bélgica, donde vacacioné el verano pasado. Sin dudas, un lugar maravilloso. Excepto porque las mujeres se dejar crecer los bellos de las axilas.
Yo, un empleado bancario y habitual repartidor de diarios de medio tiempo, Marvin, tuve la experiencia más extraña que alguna vez podré contar.
Ese viernes salí del Banco Nacional del Uruguay, mi país, molesto porque me añadieron horas de trabajo. Saber que me esperaba un avión de Aerolíneas Oriental para llevarme a Europa, me apagaba el malhumor. Llegué al aeropuerto, subí, me asusté por las indicaciones de las azafatas en caso de incendio, me pedí un whisky para relajar, pero me lo rechazaron porque estaba en clase turista. Comenzó el vuelo. Llegué.
No pensé que habría tantas diferencias entre el lugar al que había arribado y lo que veía por Google. Las pocas horas que quedaban para el fin del primer día, las usé para establecerme en el hotel. El segundo día hice un citytour y amplié mis conocimientos sobre la historia belga. Entre teje y meneje, pasaron los seis días hasta llegar al último. No quería irme, ¿o sí? no sé. Sabía que no haría otro viaje así por algunos años. Ahora sé que no voy a viajar otra vez. No en avión, no así.
Busqué todas las excusas para demorar mi partida. Saludar al recepcionista, mirar cada detalle del lugar para recordarlo bien.
Si seguía consumiendo tiempo, no llegaría al avión a horario. Así que tomé con un poco de pena la perilla y salí del hotel. Pedí el primer taxi y me llevó al aeropuerto. En esa radio, no recuerdo de qué estación era, sonaba un tema que me traía nostalgia al hacerme recordar a mi abuela, su casa y esa pecera con peces tan coloridos como particulares. Dentro de esa pecera se encontraban autitos, barcos y aviones de juguetes que yo tiraba de chico.
Me dijo que llegamos al aeropuerto y el viaje en taxi me costaba trece dólares. Pagué. Otra vez, después de subirme al avión, sufrí las explicaciones de las azafatas. Por lo menos las de esta empresa eran mas lindas. Despegamos.
Pasaron cuatro horas y doce minutos de viaje cuando yo, ya dormido, me desperté gracias a la alarma y una sirena del avión. Lo primero que vi, estaba en todos lados: caras de horror por parte de los demás pasajeros. Es avión caía en pique hacia el Océano Atlántico. Intenté hacer los movimientos que me habían indicado previamente, pero era difícil por los fuertes sacudones que daba el avión. Cada vez faltaba menos para el impacto final y yo estaba rendido. Impactamos.
Nada me dolía. Me miré y mi ropa y cuerpo cambiaron. Ya no tenía ese look europeo que me dio un estilista en Bélgica. Ahora tenía algunos pelitos casi transparentes como cuando era de algunos meses nada más. Vestía un enterizo verde, el mismo que tenía puesto el día que tiré mi avión de juguete en la pecera de mi abuela. En el avión estábamos tapados de agua, pero nadie sufría. Todos, a partir del choque con el agua, pasaron a ser como cuando eran chicos.
Abrí la ventanilla y vi, pero no comprendí, que lo que había debajo de la superficie del océano era la casa de mi abuela y yo estaba en ese avión de juguete que llevaba años sumergido.
Martín Biotti.
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